06 may 2019 Publicado en: blog
y vos, ¿Qué tipo de madre sos?

¿Con cual te identificas?

Madre conciliadora

Había una vez uina madre cerdo que tenía dos pequeños marranos, Carlitos y Octavio.

Estos cerditos habían nacido juntos, por lo que en general había mucha rivalidad y discusiones entre ellos.

Desde que se levantaban hasta que se acostaban los hermanos peleaban por todo. Quién tiene más barro en su lado del chiquero, quién duerme más cerca de su madre en las noches, quién se levanta antes en la mañana para tomar el desayuno, y así el día entero...

Un buen día, Julia, su madre, cansada de la contienda permanente entre los chicos decidió darles una lección.

-Hijos, tengo una tarea muy importante para que realicen en conjunto -les dijo- Necesito que recorran la granja y traigan un atado de varas para esta tarde.

Los cerditos aceptaron gustosos su encomienda y se dispusieron a salir en busca de su motín según lo solicitado por su madre.

Durante las dos horas que duró la recolección de ramas, estuvieron discutiendo y compitiendo por quién encontraba la rama más dura o la más larga. Cuando obtuvieron la cantidad suficiente para un atado, corrieron hacia su madre para mostrarles los resultados de su empresa.

Con mucha paciencia, Julia observó el comportamiento de sus hijos una vez más y decidió pedirles que juntaran todas las ramas, las ataran con una cuerda y armaran el atado. Una vez hecho esto, les pidió que partieran el atado, para ver quien era el más fuerte de los dos.

Encantados con la competencia, inmediatamente empezaron con su desafío, pero rápidamente se dieron cuenta de que  no era tan fácil como pensaban.

Pasó media hora, una hora, y los cerditos seguían intentando sin éxito. Cuando la madre por fin los vio agotados les dijo:

-Ahora hijos, quiero que separen el atado y las rompan de a una.

Al cabo de 20 mins los retoños ya tenían todas sus ramas rotas y corrieron orgullosos a mostrarles el resultado a su madre.

Fue ahí, cuando la sabia madre cerdo les dijo:

Se dan cuenta¿?, si ustedes permanecen unidos como el atado de ramas, serán invencibles ante la adversidad, pero si están divididos serán vencidos uno a uno con facilidad.

Cuando estamos unidos somo más fuertes, resistentes, nadie podrá hacernos daño.

Y conmovidos de abrazaron los tres, después de haber comprendido una valiosa lección.

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Madre generosa

Había una vez una madre cerdo con dos pequeños cerditos, Carlitos y Octavio. Mientras los cerditos fueron pequeños la madre tuvo que cuidarlos mucho, porque nacieron muy pequeños.

Cada mañana Julia, la madre, se levantaba e intentaba desayunar antes de que despertaran, pero apenas sentían un ruido los marranitos comenzaban a llorar de hambre. A la hora del baño diario, Julia prácticamente no se podía asear, ya que los chicos eran muy inquietos y necesitaban de mucha atención. Cada vez que la madre cerda quería descansar mínimamente, sus hijos le saltaban en la cabeza jugando, o llorando por un poco de atención.

Así pasaron los meses y tal vez algunos años, y Julia ya estaba un poco débil y cansada, pero siempre la reconfortaba lo hermosos y sanos que estaban creciendo sus hijos. Julia ya no lucía un rosado brillante, ni un pelo casi blanco sobre su piel, sino que más bien era un tono gris, un poco apagado. Pero sin embargo ella estaba feliz, a cada minuto que pasaba sus hijos eran más amorosos con ella, y estaban cada día más hermosos y fuertes.

A medida que creían, la demanda no cesaba, cada día necesitaban más y más de su madre, y ella gustosa se los brindaba. Cualquier cosa que desearan, Carlitos y Octavio podían obtener de su madre. Pero un buen día, intentando armarle una cama más cómoda a Octavio, Julia se resbaló y cayó con todo su peso sobre su patita trasera. Por lo que quedó muy dolorida y con poca movilidad por un largo tiempo.

Aún viendo esta situación, los cerdos ya crecidos seguían demandando atenciones de su madre. Ninguno de los dos estaba dispuesto a aceptar su condición de cerdo adulto, y Julia, se sentía tremendamente culpable por no poder brindarles todo lo que solicitaban. Tan mal le hizo la angustia de no poder conformar a sus hijos que cayó enferma. El rosa de su piel se volvió amarillento, sus pelos brillantes opacos y la mirada perdida.

Al principio, ambos minimizaron la situación, pero llego un día en el que Julia no se pudo levantar de la cama y la realidad los abofeteó en la cara. Ambos miraron a su a amada madre con los ojos llenos de lágrimas, y entendieron que ella se los había dado todo, al punto de olvidarse de si misma. Los invadió una gran vergüenza, fruto de su egoísmo e inmadurez, que sabían tenían que revertir.

Llenos de miedo, entre los dos armaron un plan para poder trabajar por la recuperación de su madre. Sacaron de adentro todo lo que habían aprendido en los últimos años sobre generosidad, amor incondicional y esfuerzo para recuperarla. Tomaron turnos para cuidarla y en su tiempo libre buscaron los mejores alimentos para mimarla. Cepillaron su pelo a diario, y mientras no se pudo levantar la llevaron en andas a tomar un poco de sol y aire fresco al borde de la colina.

De repente el círculo se cerraba, y ellos se estaban comportando de la misma forma que ella se había comportado con ellos, habían aprendido la lección. Fueron amables, dedicados y amorosos hasta que Julia se recuperó por completo, y pudo volver a disfrutar de su propia vida, con el apoyo de sus hijos. Lograron entre los tres, encontrar el punto de equilibro entre el dar y el recibir, entre amarse y amar.

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Madre estratega

Había una vez una familia porcina compuesta por tres cerditos. Julia, la madre, Octavio y Carlitos sus hijos.

Los lechoncitos vivían felizmente en una granja cerca de la ciudad y siempre fueron muy unidos entre ellos, y también con el resto de los animales de la granja.

Los pequeños tenían personalidades muy diferentes. Carlitos era muy extrovertido y estaba el día entero jugando con sus amigos, mientras que Octavio era más bien tímido, le gustaba quedarse en su casa con su madre, ayudarla en todo, era muy aplicado.

Cada uno de los chanchitos se abocaba a sus pasiones y así pasaban sus días. Carlitos volvía a la tarde cansado de tanto jugar y ya no le quedaban fuerzas para colaborar en nada. Solo quería llegar, comer y tirarse a dormir. Su lado del chiquero era un desastre,  todas sus cosas tiradas, hasta en el lugar de Octavio. Esto generaba bastantes roces entre los hermanos, que constantemente tenían reproches para hacerse.

La extrema pulcritud y dedicación de Octavio hacía que escasamente tuviera tiempo libre para dedicarse a sus amigos, y a su vez lo volvía muy exigente y poco flexible. Cualquier inconveniente lo alteraba de sobremanera y se angustiaba fácilmente cuando las cosa no salían como él quería.

Julia, viendo el panorama que se vivía en su casa, como sus hijos estaban polarizados decidió tomar acción. Generar una instancia en donde ambos pudieran ponerse en el lugar del otro y volverse un poco más flexibles.

La consigna fue armar un espacio de juegos al otro lado del chiquero. Para esto se necesitaban más colaboradores y un plan a seguir. Cada uno de sus hijos intentó tomar el rol esperado, Octavio comandaría a su grupo de amigos a la hora de construir y Carlitos desarrollaba el plan de acción. Pero Julia, no pensaba hacérselas tan fácil, y les pidió todo lo contrario. Carlitos fue quién tuvo que armar la estrategia y Octavio tuvo que salir a conseguir a sus colaboradores y organizarlos en las diferentes tareas.

Cada uno inició las acciones por su cuenta, pero al cabo de un rato se dieron cuenta de que era imposible seguir sin la ayuda del otro, ya que la falta de práctica y confianza en esas tareas les hacía dificultoso avanzar.

Siguiendo el consejo de Julia, Carlitos y Octavio hicieron equipo y se apoyaron el uno  en el otro para poder construir con éxito la sala de juegos. La debilidad de uno era la fortaleza del otro, y así se complementaron durante todo el proceso para llevar adelante su empresa.

Con la sala terminada, todos los pequeños de la granja estaban rebosantes de felicidad y no paraban repetir que Carlitos y Octavio eran un gran equipo. A partir de ese momento, y con reconocimiento y agradecimiento de todos sus amigos, los hermanos decidieron emprender más proyectos juntos, ya que sin dudas habían descubierto la fórmula del éxito.

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